(Otoño)
El valle sube a mi encuentro
y mientras bajo juega con él la niebla
y lo desviste,
ladrona enamorada,
que no resiste tanto verdor,
y lo engulle,
y traga,
y piensa en la retama
tan insolentemente amarilla
de la tarde,
y la traga también,
y el camino.
Cuando la aprietan las faldas
de los montes,
huye descalza
y desnuda se escurre
y contornea sus caderas rezagadas;
entonces,
sube el olor por el tobillo del valle
hasta el alma que baja
y miles de verdes y amarillos se inquietan,
y hablan,
y cambian de postura,
y canturrean los rosas,
y los malvas,
y los rojos riojanos de estambres azules,
y las blancas jaras,
y los marrones dorados
y las ocres retamas.
Y el cuadro pintado se cotiza en las almas
cuando suben,
cuando bajan.
Y se extienden los brazos,
y se pierden miradas,
y se buscan pinceles,
y se añoran albas.
El valle sube a mi encuentro
y mientras bajo juega con él la niebla
y lo desviste,
ladrona enamorada,
que no resiste tanto verdor,
y lo engulle,
y traga,
y piensa en la retama
tan insolentemente amarilla
de la tarde,
y la traga también,
y el camino.
Cuando la aprietan las faldas
de los montes,
huye descalza
y desnuda se escurre
y contornea sus caderas rezagadas;
entonces,
sube el olor por el tobillo del valle
hasta el alma que baja
y miles de verdes y amarillos se inquietan,
y hablan,
y cambian de postura,
y canturrean los rosas,
y los malvas,
y los rojos riojanos de estambres azules,
y las blancas jaras,
y los marrones dorados
y las ocres retamas.
Y el cuadro pintado se cotiza en las almas
cuando suben,
cuando bajan.
Y se extienden los brazos,
y se pierden miradas,
y se buscan pinceles,
y se añoran albas.
Ycíar
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